¿Pueden los hombres pensar en máquinas que piensen?
Arq. Ricardo Méndez
Índice
- ¿Pueden los hombres pensar en máquinas que piensen?.
- La estrategia de la imitación.
- El pensamiento entendido como materia pensante.
- Blade Runner: la exacerbación del simulacro.
- ¿Puede existir un pensamiento por fuera de lo humano?.
- La racionalidad como forma de pensamiento universal.
- Reflexiones a modo de conclusión.
- Bibliografía.
- Documentos en la Web.
¿Pueden los hombres pensar en máquinas que piensen?
Arq. Ricardo Méndez.
La segunda revolución industrial no se presenta como la primera, con imágenes aplastantes como laminadoras o coladas de acero, sino como bits de un flujo de información que corre por circuitos en forma de impulsos electrónicos. Las máquinas de hierro siguen existiendo, pero obedecen a los bits sin peso.
Italo Calvino
Cap. Levedad
Seis propuestas para el próximo milenio
El título del presente artículo no se presenta como un juego de palabras creado a partir de la obra de Alan Turing, en su polémico articulo, ¿Pueden pensar las máquinas? .
La repregunta que realizamos busca poner de manifiesto el conflicto central del planteo realizado por Turing y la imposibilidad de brindar una respuesta concreta, a pesar de haber transcurrido más de cincuenta años de publicada la nota original.
En la actualidad la imposibilidad de definir con precisión términos tales como pensamiento o mente solo nos permiten especular con razonamientos fragmentados que nunca terminan de abordar la complejidad del problema.
Parecería ser que la falta de respuesta a esta cuestión se debe más a las limitaciones en la necesidad de determinar precisiones paralelas que a la complejidad que radica en la misma pregunta.
Al igual que Turing, muchas décadas antes, debemos realizar desplazamientos conceptuales para poder aproximarnos a cuestiones que, finalmente, orbitan alrededor de la pregunta central, imposibilitadas de abarcarla de forma plena.
Pues bien, esta introducción preanuncia la ausencia de respuestas satisfactorias a la pregunta original, pero plantea algunas reflexiones sobre una posible interpretación del texto de Turing. Tal vez, y esa es la idea fuerza del artículo, la falta de respuesta se deba a limitaciones humanas más que a las posibilidades tecnológicas de los ordenadores. El presente artículo desarrolla dos ideas complementarias: ¿Tenemos el conocimiento necesario para poder pensar en la existencia de máquinas que piensen?. Y, además, ¿estamos preparados para aceptar la posibilidad de que existan máquinas que piensen mejor que nosotros?.
La estrategia de la imitación.
Ante la dificultad en responder a la pregunta ¿Puede pensar una máquina?, Turing propuso reemplazar la pregunta por un juego de imitación donde un interrogador debía determinar, frente a dos interlocutores posibles, si se trataba de una persona o una máquina.
La imposibilidad de detectar esta diferencia podría atribuirle a la máquina la condición de pensante. Una de las objeciones frecuentes que se hace a la experiencia de Turing es el desplazamiento que realiza, desde un planteo filosófico (la posibilidad de la existencia de pensamiento en una máquina), hacia el campo de la precisión científica (la posibilidad que tiene una máquina de superar un test).
Si bien el desplazamiento existe, podríamos decir, apoyando la postura de Turing, que el desplazamiento ha sido justificado, en tanto permitía abrir el campo del análisis y el debate. De otro modo la pregunta original solo quedaría circunscripta al ámbito de la especulación teórica, lugar que, según Turing, no brindaba respuestas satisfactorias.
Es importante aclarar este punto ya que nos permite continuar con el desarrollo del texto, dando como válido el desplazamiento en cuestión.
La realización de esta prueba requería de algunas condiciones de contexto ineludibles para su realización.
En primer lugar era vital que interrogador e interlocutores evitaran cualquier forma de contacto visual.
En segundo lugar, la comunicación debía adquirir una forma neutra, mediada por un formato que anulara cualquier posible identificación de los actantes. De este modo se evitaba la posible identificación física tanto de máquinas como de personas.
Las limitantes tecnológicas de la década del cincuenta requerían de una simulación condicionada ya que, en última instancia, la experimentación necesariamente debía sesgarse solo hacia las formas del pensamiento, liberadas de la presencia física tanto del actante como de la forma de materialización del mensaje.
La tosquedad física de las máquinas de esa época ponía en evidencia (visual) el simulacro en cuestión. Si bien ya han pasado varias décadas esta condicionante tecnológica posee tanta vigencia como en el planteo original del artículo de Turing.
Tampoco poseemos indicios que nos permitan pensar que se pueda superar, al menos, por un largo período de tiempo. El pensamiento entendido como materia pensante.
En el test de Turing la importancia de reducir casi a cero el factor de relación física entre participantes no era un dato menor.
No solo porque el simple contacto visual con los actantes determinaría inmediatamente la correcta identificación entre persona y máquina.
En realidad la disminución de la materialidad a valores casi inexistentes permitiría suponer que Turing entendía al pensamiento en términos abstractos, reduciendo la razón a factores algorítmicos. El pensar se reduciría, de este modo, a un proceso lógico-matemático.
Este razonamiento poseía una lógica conceptual análoga al planteo que poseían las investigaciones publicadas por Shannon y Weaver un año antes. El punto de interés de Turing se centraba en los procesos operativos formales más que en los procesos mentales que los generaban.
Pues bien, entonces debemos preguntarnos: ¿Puede entenderse al pensamiento como un proceso independiente de la naturaleza de la materialidad que lo genera?.
Dicho de otra forma, debemos preguntarnos sobre la posibilidad de entender al pensamiento desde un punto de vista universal e independiente de las características (físicas o de cualquier otro tipo) de las fuentes que lo crean.
Para varios autores no es posible establecer de forma taxativa una clara diferenciación entre pensamiento y materia.
Por lo menos sostienen que la materia se define como una realidad mucho más compleja, que no se ajusta a las definiciones dadas por la física o la biología tradicional.
Para aceptar esta hipótesis como posible, debemos, en principio, cuestionar la noción racional-cientificista de materia. Las ciencias duras, desde una perspectiva histórica, le han asignado valores ambiguos a la caracterización de la materia.
Pero, en realidad, esta falta de definición no solo es atribuible a la materia como tal, el nudo del problema es que materia y realidad constituyen una relación dialéctica que, para autores como Tomás Maldonado y Philippe Quéau, ha divido a científicos y filósofos desde el origen de la humanidad.
Citamos a Maldonado, en referencia a la mecánica cuántica: La materia como una cosa simple, palpable, resistente que se mueve en el espacio, no ha resistido el enfrentamiento con algunas importantes contribuciones teóricas y experimentales de la ciencia contemporánea.
Pienso concretamente en los modernos avances de la física y en su impacto desestabilizador sobre supuestos epistemológicos del conocimiento científico en general .
¿Podemos pensar a la materia como 10-23 cm?. Es difícil de aceptar que una ecuación matemática resuma una esencia tan compleja.
Sin embargo la constante de Planck nos asegura que esa es la diferencia entre el universo de la materia y el vacío absoluto. Sin embargo, incluso desde la propia disciplina de la física, algunos autores comprendían una complejidad mayor que excedía los límites concretos de la materia.
El físico y premio Nobel Niels Bohr sostenía por debajo y por encima del lenguaje no hay nada .
Si bien las ciencias duras no han podido aportar una definición que refleje la complejidad de la noción de materia, desde la filosofía tampoco se han brindado definiciones útiles para contener las múltiples dimensiones incluidas en este concepto. Quéau nos dice: También esta la no-respuesta de los filósofos, según los cuales lo real se reduce a sus apariencias, como si no tuviera interioridad ni misterio propio .
Categorizar a la materia desde una ontología formal implica otorgarle atributos y definiciones no solo materiales, es darle identidad. Se definen sus conjuntos de pertenencia y también su carácter individual.
En este caso la palabra materia se aplica en un sentido más amplio que el mero resultado del estudio de sus aspectos físicos. Hablamos de materia como esencia y sentido. Estas esencias y sentidos pueden exceder las cualidades físicas.
Podemos definir a la materia como una entidad con coherencia y cohesión que, en su valoración, excede el continente físico.
¿Es imposible para nosotros, como sujetos, prescindir de forma absoluta del vínculo físico que nos relaciona con el mundo?. Podemos alejarnos de la experiencia directa de lo físico, pero se trata de experiencias limitadas en el tiempo y el espacio (la experiencia de Turing podría entenderse como un intento en este sentido).
Nuevamente Maldonado aclara los conceptos: No somos cerebros metidos en una vasija. Y aún si lo fuéramos, deberíamos de todas formas, en nuestra condición de cerebros, precisamente en nuestra condición de materia pensante, contar con nuestro propio carácter físico y con el carácter físico de la vasija que nos aloja .
Laz dificultades en poder precisar términos como materia o realidad, sus pliegues, ambigüedades, variaciones, limitaciones y yuxtaposiciones, solo pueden aceptarse a partir de la sospecha de una complejidad no develada aún, complejidad que trasciende a cualquier definición existente.
De hecho podría ser así, ya que las nociones de materia y realidad mencionadas por Maldonado y Quéau podrían comprenderse, si tratáramos de aplicarlas al ser humano, como una tríada cuyo elemento faltante podría denominarse el ser. Se es en tanto se es un sujeto.
Sujeto que no puede eludir la materialidad de su cuerpo. De hecho se es, como ser material, en un lugar y en un espacio real, con carácter físico, donde, como sujetos, desarrollamos nuestras experiencias, entre ellas el pensamiento.
Para Emmanuel Kant la inexistencia del espacio es inconcebible para la ontología de la humanidad. El espacio y la materia anteceden y condicionan al individuo. Imaginar el pensamiento como un proceso de operaciones abstractas, despojadas y exentas de materialidad caracterizante sería, desde esta postura, por lo menos, difícil de aceptar.
Desde esta mirada diferencial podríamos deslizar una hipótesis (tal vez mucho más aventurada que la de Turing) sobre la posibilidad de entender al pensamiento como una posibilidad indefectiblemente relacionada solo con aquella materia que es propia y diferencial del ser humano.
Esto dejaría abierta dos posibilidades para interpretar la experiencia de Turing. Si aceptamos al pensamiento solo como posibilidad humana (en tanto es producto de materia pensante), podríamos entender al Test como un simulacro parcial y fragmentado.
Pero si pudiéramos aceptar la construcción de un sistema complejo de operatorias paralelo al pensamiento del hombre, ¿podríamos hablar entonces de máquinas que piensan?. Blade Runner: la exacerbación del simulacro.
Philip Dick, en su novela Do Androids dream of Electric Sheep? , lleva el test de Turing hacia una nueva frontera. Blade Runner, la versión cinematográfica de la obra de Dick , nos muestra un futuro con un contexto básicamente diferente al actual: la evolución tecnológica redimensiona los alcances de la propuesta de Turing.
Si bien hablamos de ciencia ficción y su planteo juega con las leyes de las licencias literarias, nos interesa desarrollar esta propuesta, ya que nos propone el mismo interrogante original del Test de Turing pero eliminando la condicionante física como factor limitante de la experiencia.
Aunque se trate de pura especulación literaria, nos aporta algunos datos para reflexionar sobre el valor de la materia pensante como diferencial del pensamiento.
En el año 2019 las máquinas han adquirido un aspecto exterior similar al humano y su diferenciación ya no puede establecerse a simple vista. En el texto de Dick (o a la película de Scott).
Ciertas objeciones al Test de Turing quedan anuladas como producto de la imaginación del autor.
Seguir esta línea, aunque hipotética e imaginaria resulta interesante, ya que estrecha la diferencia existente entre el pensamiento humano y el de una máquina. Es más, reduce la diferencia entre lo humano y lo no humano.
Las nuevas réplicas humanas ya no solo se asemejan al hombre, poseen pensamientos y recuerdos (programados) que los convencen de su humanidad.
También poseen la habilidad de generar respuestas emotivas. Para convertir la trama de la historia en algo más complejo aún, mientras los humanos se muestran fríos en sus sentimientos los replicantes muestran, en el devenir temporal de la película, rasgos cada vez más humanos.
Llegado este punto, si pudiéramos imaginar la aplicación del Test de Turing nos encontraríamos con argumentos mucho más inquietantes que los planteados hasta el momento.
Descubriríamos máquinas que no solo podrían pensar, (y estar convencidas que son ellas las que piensan) también demostrarían una humanidad mayor a la de ciertos personajes con estructuras psicológicas que lindan la esquizofrenia .
Estas máquinas no solo pasarían el Test, también podrían dar cuenta de una mayor humanidad con respecto a otras personas.
Si las diferencias (tanto externas como internas) entre máquinas y personas fueran difíciles de detectar, si esas máquinas no solo estuvieran convencidas de su exterioridad humana sino que dieran cuenta de una interioridad rica y compleja, si se confundieran entre las personas interactuando sin que fueran reconocidas, daríamos por sentado que piensan.
También aceptaríamos su condición humana.
De este modo, la limitante física, aunque solo se pueda plantear desde un plano meramente especulativo, podría recibir objeciones como condicionante crítica al Test de Turing.
Si las máquinas pueden constituir un simulacro limitado que nos engañe en cuanto a su capacidad de pensar, también podrían, en un futuro, construirse como simulacro en su apariencia física.
Traspasados ambos límites y sin posibilidad de detección, ¿no estaríamos acaso frente a máquinas que realmente piensan?.
De este modo la experiencia de Turing ya no estaría condicionada por el factor físico y la verificación visual.
Podríamos establecer una relación física con las máquinas sin, necesariamente, percatarnos de su existencia no humana.
De este modo la prueba de Turing eliminaría una de las críticas a las que ha sido sometido el Test original.
Varios autores son críticos de la experiencia de Turing ya que la consideran limitada en su desarrollo espacial.
Cuestionan que la única variable para medir la capacidad de pensar de las máquinas está sustentada en la capacidad verbal de dar respuestas. Cuestionan que el dar respuestas (que no nos permitan determinar si se trata de una máquina o un ser humano) no constituye una prueba suficiente de pensamiento, o por lo menos, que constituye una parcialidad en la forma de medir el pensamiento.
Desde esta óptica se cuestiona la falta de verificación entre lo que la máquina dice y la comprensión de los significados a los cuales refiere.
Uno de los ejemplos expuestos es el siguiente: que un ordenador pueda contestar con precisión, de forma verbal, un examen sobre las reglas de tránsito no determina que pueda establecer los alcances de las respuestas que ha dado.
Tampoco determina que posea los criterios necesarios para desenvolverse entre el tráfico y mucho menos que pueda construir su propio sistema de reglas para determinar acciones en los conflictos que puedan presentarse en la realidad cotidiana, construidos como paradojas entre las normas escritas (y programadas en la máquina previamente) y la realidad del contexto. En este caso la presencia de la especialidad no solo se relaciona con el aspecto físico, actúa como forma de verificación de la comprensión de lo pensado como requerimiento ineludible para la existencia de pensamiento.
Llegado este punto, podríamos eliminar la condicionante física (aunque esta posibilidad solo sea especulativa) como limitante de la prueba de Turing y pasar así a una nueva pregunta.
Aunque las máquinas pudieran engañarnos desde su apariencia ¿podrían desarrollar un sistema de pensamiento?. ¿Puede existir un pensamiento por fuera de lo humano?
Para la humanidad el pensamiento está indisolublemente relacionado a su realidad física y la de su contexto.
El pensar, por lo menos desde una mirada ontológica del ser humano, solo puede entenderse como pensar del hombre.
Es cierto que esta definición puede aceptarse como producto del egocentrismo exacerbado de la humanidad, como una necesidad primaria de mantenerse en la punta de la pirámide evolutiva.
La posibilidad de aceptar la existencia de máquinas que puedan desarrollar procesos de pensamiento, de forma más rápida y efectiva, que puedan aprender y desarrollarse, inquieta al ser humano.
Existen numerosos ejemplos, en la naturaleza y la cultura, donde la superación de unos implica la subordinación de otros.
Aceptar la existencia del pensamiento, como posibilidad exenta de la materialidad del cuerpo humano, es aceptar la posibilidad de desarrollos inteligentes en otras entidades (sean seres, máquinas o cualquier otra cosa que podamos imaginar).
La posibilidad de que el hombre sea desplazado del punto más alto del proceso evolutivo (con los riesgos implícitos que conlleva) sacude sus raíces más profundas y despierta sus temores más ocultos.
La recurrencia temática de esta problemática, en la literatura y el cine del último siglo, ponen de manifiesto las especulaciones teóricas que realizamos al respecto. Ya hemos expuesto algunas ideas sobre este tema cuando hicimos referencia a la obra de Philip Dick.
La posibilidad de entender al pensamiento como un proceso independiente de la realidad de la materia no es una posibilidad que ha surgido con la aparición de los ordenadores.
Descartes (tal vez uno de los filósofos que más ha influido en la construcción del pensamiento moderno-industrial) proponía la separación de la res extensa (lo material y extenso) de la res cogitans (la cosa pensante).
Esta última poseía un carácter universal, racional y reductible a algoritmos. ¿Acaso la máquina de Turing no se ajusta perfectamente a esta realidad?. Desde esta óptica la réplica de la racionalidad podría argumentarse como formula para la construcción del pensamiento como posibilidad independiente al individuo.
La racionalidad es un atributo muy importante en el ser humano pero ¿constituye por sí misma una diferencial taxonómica?.
Debemos preguntarnos si el manejo y articulación de reglas formales, la capacidad de aprender y generar nuevas estructuras, incluso la capacidad de realizar planteos lógicos establece condiciones necesarias para definir la esencia diferencial del hombre y su capacidad de pensamiento.
¿Que las máquinas logren emular procesos operativos racionales similares a los procesos que genera nuestra mente necesariamente implica que piensen?. Simular un proceso es muy diferente a reproducir fielmente los mecanismo que lo generan y detonan.
Incluso aunque pudieran reproducir fielmente los mecanismos que disparan el pensamiento racional (cosa que aún no ha logrado la más avanzada inteligencia artificial basada en el desarrollo de redes similares a las neuronales) no necesariamente implicaría abarcar la complejidad de la totalidad del pensamiento humano.
Aún si consideráramos la posibilidad de que las máquinas desarrollen un pensamiento racional propio, tal vez seguiría representando solo una parcialidad del pensamiento del hombre. La discusión sobre la existencia de una máquina pensante posiblemente seguiría vigente.
Pero, tal vez, comenzaríamos a aceptar que poseen algunos aspectos similares a los del pensamiento humano. La racionalidad como forma de pensamiento universal.
Si bien, en el punto anterior, hemos dejado abierta la posibilidad de entender al pensamiento como un proceso mucho más complejo que el definido por la racionalidad, es cierto que, frente a la complejidad implícita en la palabra pensamiento, existe un recorte que puede servir como sustento para la experiencia de Turing.
Retomemos la idea de la imitación: si una máquina puede realizar una operación determinada y no es posible distinguir si la ha realizado ella o un ser humano, la operación puede ser atribuida de forma correcta a la máquina.
Por lo tanto si esta operación se denomina pensar, podríamos decir que la máquina piensa. La experiencia de Turing no propone determinar la humanidad del actante.
La imitación planteada en el Test no tiene por objeto demostrar que la máquina es humana. Cuando se propone como desafío la imposibilidad de que un interlocutor determine si las respuestas han sido dadas por una maquina o una persona, se busca demostrar que, de forma artificial, se ha reproducido un proceso de pensamiento que no es posible de ser diferenciado del original (el pensamiento humano). Esa imposibilidad de detección es la que aseguraría un proceso de pensamiento similar al humano.
Los partidarios de la experiencia de Turing consideran que la racionalidad no es un atributo exclusivamente humano. Desde esa óptica, piensan, que las máquinas resultan mucho más racionales que el ser humano y asocian esa racionalidad a la capacidad de pensar.
Las máquinas han alcanzo, en varios campos, un nivel superior al de la mente. Desde este análisis podemos afirmar que el calculo y el almacenamiento de datos son muestras superadoras de las limitaciones de la mente humana. Gran parte de las informaciones que adquirimos en nuestros días corresponden a máquinas (¿inteligentes?) que potencian no solo nuestro pensamiento sino también nuestros sentidos (las máquinas que nos permiten ver un rango mayor del espectro electromagnético, son un ejemplo de ello).
Frente a este planteo debemos volver a preguntarnos si la reproducción de procesos que derivan en operaciones lógicas implica presencia de pensamiento, por lo menos desde un sentido más amplio que el establecido por la racionalidad.
A simple vista parece difícil aceptar que solo ese conjunto de operaciones lógicas se definan como inteligentes.
Y más difícil aún es pensar que solo estas operaciones inteligentes definan al conjunto del pensamiento. Podríamos sostener que aquello que simula ser otra cosa, no es esa cosa en cuestión.
La perfecta reproducción de un Picasso, aunque no podamos detectarla, ¿la convierte en un Picasso?. Las interpretaciones al respecto pueden tener diferentes opiniones. Podríamos decir que la imposibilidad de detectar la copia, la vuelve, en cierta forma, original.
Esto avalaría el Test de Turing, ya que aquello que no puede ser detectado, puede entenderse como aquello que simula.
Pero también podríamos decir que, aunque no podamos detectar el simulacro, no ha sido producido de la forma habitual (en el ejemplo dado, no fue realizado por Picasso) por lo tanto no es un cuadro original a pesar de nuestras limitaciones para detectarlo.
Nuevamente nos encontramos con las limitaciones de la definición del concepto pensar y las indeterminaciones entre su esencia y su forma.
Trataremos de llevar estas indefiniciones a un ejemplo. Que un avión pueda volar (simulacro del volar de las aves), no indica que pueda volar como las aves. Que una máquina pueda pensar (simulacro del pensar de los hombres) no indica que la máquina pueda pensar como los hombres.
Para algunos, mientras la máquina piense, no es importante ni invalida el que lo haga de forma diferente a como lo realiza un ser humano.
Para otros el solo hecho de construirse como imitación, parcial y alejada de la complejidad del pensamiento humano, invalida la acción y representa solo un simulacro.
Aceptamos sin dificultad que una máquina pueda volar pero ofrecemos profundas resistencias a la idea de que una máquina pueda pensar.
Si es posible que una máquina vuele, aunque no sea de la misma forma en que lo hacen las aves, ¿no es posible que una máquina piense, aunque lo haga de una forma diferente a la de los humanos?.
Si la respuesta fuera afirmativa, deberíamos aceptar la posibilidad de generar formas de pensamiento paralelas a las del hombre y exentas de toda condición humana. Reflexiones a modo de conclusión.
Como hemos expuesto al inicio del artículo para Turing la pregunta ¿pueden pensar las máquinas? no podía obtener una respuesta satisfactoria debido a la imprecisión de los términos comprometidos.
La necesidad de reemplazar esta pregunta por un juego de imitación podría entenderse como una forma de aproximación parcial, pero posible al problema. Hoy nos encontramos ante la misma encrucijada. Esta limitación mantiene viva la discusión sobre la posibilidad de pensamiento en las máquinas.
> Existen muchos aspectos de lo que denominamos pensamiento que no pueden ser explicados ni comprendidos aún.
Nuestro conocimiento sobre la mente es, en muchos casos, más básico que el que poseemos sobre los ordenadores.
Si solo entendemos algunos procesos del funcionamiento de nuestra mente, es difícil aventurar la posibilidad de desarrollo del pensamiento en una máquina. Carecemos de contraste por ausencia de información. Sabemos que los límites de la informática se desplazan día a día pero, ¿contra que parámetros debemos compararlos?.
La falta de definiciones precisas sobre términos tales como pensar, inteligencia o mente, no nos permiten avanzar demasiado al respecto. En la actualidad son mayores las dudas e imprecisiones que las certezas que poseemos acerca de estos términos.
Si bien podemos racionalizar procesos formales y relaciones lógicas que representan algunos aspectos de nuestra realidad (Turing, por ejemplo, se centraba en aquellas estructuras formales lingüísticas), no es suficiente para abarcar la totalidad de los comportamientos inteligentes que ponemos en práctica a diario.
Si consideramos al pensamiento como una función integradora, propia del ser humano, las máquinas de Turing tal vez se encuentren lejos de alcanzar esa categoría.
Si, en cambio, podemos acordar que la reproducción (compleja y cada vez más sofisticada), que realizan algunos ordenadores de ciertos procesos racionales estaría encuadrada en la categoría de pensamiento, tal vez deberíamos aceptar la posibilidad de nuevas formas paralelas que compitan, superen y potencien el pensamiento humano.
Una posibilidad es aceptar que no hay distinción entre objetos con mente y objetos sin mente. Esta postura ya ha sido desarrollada por la corriente psicológica cognitiva de Riviere en los años cincuenta.
Si aceptamos esto estamos reconociendo que el pensamiento puede reducirse a un conjunto formal de algoritmos y que todo aquello que realice esa operatoria actuará como si fuera una mente (sea una mente humana o un simulacro de ella). Si aceptáramos esta idea, aceptaríamos que definir el conjunto de símbolos y representarlos a través de reglas lógicas (sintaxis), sería suficiente para generar pensamiento.
Las primeras experiencias sobre inteligencia artificial se sustentaban sobre estos principios . Pero esta mirada es, tal vez, demasiado funcional. Se le atribuye al ordenador una esencia similar a la de la mente humana.
Este enfoque presenta inconvenientes. Parece ser que la mirada computacional es insuficiente para abarcar la complejidad de la mente humana. La mente no puede reducirse solo al conjunto de símbolos y sus representaciones a partir de estructuras sintácticas.
Un lenguaje no se define solo a partir de su sistema formal.
Por otra parte existen reglas implícitas en el lenguaje, y por lo tanto en el pensamiento que las genera, cuya ambigüedad es difícil de reconvertir a patrones de programación.
La ambigüedad del signo y la permanente ruptura de las reglas sintácticas (para reforzar el sentido, no para perderlo) hacen difícil que el conjunto de normas definido en un programa sea suficiente para abarcar la totalidad de las posibilidades inteligentes de comunicación.
De este modo la posibilidad de pensamiento artificial quedaría reducida solo a aquello relacionado con términos lógicos que carecen de ambigüedad.
En última instancia las máquinas podrían pensar de forma sesgada e incompleta.
Que una máquina piense problemas de ajedrez solo refleja una parte del pensamiento humano. Aquella que se reduce a términos y algoritmos precisos, eliminando cualquier ambigüedad posible. Marvin Minsky reflexiona al respecto: ...¡gran parte del conocimiento experto de los adultos resulta ser mucho más simple de lo que sucede cuando un niño juega!. ¡Puede ser más difícil ser un novato que un experto!. Esto se debe a que en ocasiones lo que un experto necesita saber y hacer es bastante simple ... .
La pragmática sostiene que es la intencionalidad en el uso de un lenguaje lo que le da consistencia como tal, determinando su esencia más allá del conjunto formal de símbolos y reglas.
Los ordenadores trabajan aplicando estas reglas necesarias para operar, pero desconocen el significado del número uno o de la palabra madre.
Operan desde la sintaxis pero desconocen la semántica, no pueden dar cuenta de la implicancia de sus operaciones.
El pensamiento opera sobre estas dos dimensiones.
Cada símbolo posee un significado que se relaciona inevitablemente con otros significados, conformando una red semántica compleja y, muchas veces, alejada de los parámetros de la racionalidad.
En nuestras mentes uno puede ser igual a otro, ya que el valor del significado uno no esta puesto, en este caso, en su acepción numérica sino en su condición de ser. La racionalidad resiste esta ambigüedad semántica.
En la actualidad no todos los aspectos del pensamiento pueden reducirse a términos programables por una computadora.
Existe cierta ambigüedad que forma parte del pensamiento humano y no puede reducirse a fórmulas matemáticas.
Podríamos aventurar una aproximación crítica al texto de Turing: que una computadora imite parcialmente algunas estructuras de lo que podemos denominar pensamiento no implica necesariamente que duplique la totalidad de lo que denominamos pensamiento.
La capacidad de trabajar con un conjunto de reglas formales no permite abarcar la totalidad de las formas de pensamiento.
En todo caso, para eludir esta limitante, las máquinas deberían dejar de responder a estructuras formales de pensamiento, con definiciones lógicas y claras, para trabajar con redes semánticas mucho más complejas y ricas en significados.
Minsky sostiene la importancia de desarrollar programas que sepan el significado de un número en lugar de solo sumarlo o restarlo y agrega: No podemos quedarnos atascados si poseemos redes de conocimiento con conexiones múltiples. Cuando un sentido del significado falla, podemos cambiarlo por otro. Por el camino del matemático, en cuanto te encuentres con el más mínimo problema, estarás atascado sin remedio .
Este punto es importante ya que deja de lado la discusión sobre la propiedad del pensamiento como un atributo exclusivamente humano.
La limitación del sistema no estaría puesta en la falta de humanidad, se manifestaría en la imposibilidad de responder con un sistema equivalente, independientemente de las características del sistema original.
Desde ese lugar la experiencia de Turing podría entenderse como un artificio del pensamiento humano, parcial y fragmentado, más que como la creación de un sistema paralelo de pensamiento. Aunque la máquina simule una conversación, no produce contenidos. Sus respuestas no son de orden semántico. Puede reconocer una palabra pero no puede desplazarse por la polisemia de sus significados.
En última instancia la máquina no puede establecer un vínculo con la realidad a la que alude.
Tal vez sea esa imposibilidad la que aleja a las máquinas del pensamiento. La imposibilidad de saltar las reglas para poder redefinirlas, de ir más allá del sistema formal para establecer un vínculo con el mundo de los significados (y por lo tanto con el mundo que se representa).
¿Pueden pensar las máquinas?. Creemos que aún no estamos capacitados para dar una respuesta precisa a esta pregunta.
Aunque hayan trascurrido más de cincuenta años, la evolución del conocimiento no nos permite todavía dar una respuesta unívoca. Podemos precisar, sin temor a equivocarnos, que el desarrollo de la computación (entendido en su concepción más amplia) actuá como multiplicador de las posibilidades de la mente humana.
Tal vez estemos viviendo la cuarta etapa del proceso de virtualización que define a lo humano . El lenguaje nos ha permitido virtualizar el presente, la técnica nos ha permitido virtualizar las acciones humanas y el contrato nos ha permitido virtualizar la violencia.
¿Podríamos suponer que el desarrollo de máquinas inteligentes permitiría virtualizar el pensamiento?. El conocimiento humano se ha visto enriquecido por los alcances a los que ha llegado la computación y la inteligencia artificial.
La capacidad de procesamiento de datos, la precisión operativa y el almacenamiento de increíbles volúmenes de información excede las capacidades humanas, enriqueciéndolas y ampliando las fronteras del conocimiento y, tal vez, del pensamiento.
También nos permiten descubrir nuevos territorios físicos y conceptuales. Las precisiones cartográficas realizadas sobre la superficie de Marte son un ejemplo de esas potencialidades obtenidas solo gracias al desarrollo tecnológico.
La imposibilidad de construir mitos y leyendas sobre la conquista del planeta rojo tal vez sea la distancia que existe entre máquinas y máquinas pensantes.
Ricardo Méndez
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Acceso a la versión en inglés.







