El poder de la televisión está en la audiencia.
Revista Mexicana de Comunicación
Número 77 (septiembre - octubre 2002)
Margarita Camarena Luhrs / Andrés Valdez Zepeda
(Profesores del Departamento de Administración, Centro Universitario de Ciencias Económicas y Administrativas, Universidad de Guadalajara)
Desde la televisión son lanzadas emociones artificiales que ejercen gran variedad de efectos sobre los estados subjetivos de los espectadores, y que con frecuencia han sido criticados como dañinos a la integridad de la persona. Como los contenidos de la comunicación se realizan por medios que anticipadamente podrían intentar educar, pero que hasta ahora, más bien intentan modificar la capacidad perceptual del espectador, sus efectos son más controladores que promotores de una conciencia critica y plural.
Para apreciar mejor los efectos de la televisión consideramos que la propia capacidad del espectador, puede rechazar y, de hecho, rechaza, los contenidos de los mensajes que recibe, pero también está a su alcance reestructurarlos y adaptarlos a su particular encuadre de la vida y, finalmente, puede asumir los mensajes sin cuestionamiento, desde una actitud pasiva, frente a la cual la televisión ha demostrado efectos hipnóticos, paralizantes del espectador. Si la comunicación se realiza por medio de ideas, sentimientos, creencias, valores, expresados en lenguajes, y si pone en común ciertas representaciones visuales y sonoras, pero además remueve los recuerdos y todo el sistema sensorial del espectador, el efecto limitado que ejerce de modificar las conductas se induce por la imitación pero fundamentalmente por la sugestión. Sitúa al televidente fuera de la posibilidad de interactuar. Y este efecto de vacío perceptual sería sin duda el más poderoso de todos los que en esencia o en potencia tiene este formidable medio de comunicación.
Se han estudiado los efectos de la comunicación asimétrica, del poder en la comunicación, de la comunicación como dominación, porque toda comunicación cumple una relación de poder. Por eso, hasta ahora la comunicación mediada por la televisión no puede librarse del poder que implica pues éste está sujeto por los valores imperante del mercado de la cultura y del mercado en general.
Existe una gran variedad de puntos de vista acerca del potencial de la televisión, visto particularmente por sus efectos constructivos de valores o alienantes de la conciencia. Hay quienes buscan demostrar que la televisión y los medios masivos de comunicación, en general, solo son instrumentos neutros al servicio de determinados intereses, y, que a partir de ello, defienden la posibilidad de darle otro uso más sensato. Pero en el extremo contrario, también hay quienes intentan demostrar que la televisión se ha convertido en una especie de conciencia árbitro de la sociedad que filtra el sistema de valores y creencias, determinando lo que sí se debe comunicar y lo que no. Unos y otros argumentos reconocen que la televisión como se utiliza actualmente deforma la capacidad de pensamiento a largo plazo. E incluso, hay quienes extienden su crítica hasta los términos de que la televisión es un atentado contra la democracia y que la manipulación de que estamos siendo objeto habría de ser enfrentada radicalmente.
Frente a estos términos conceptuales de la discusión es posible constatar que la televisión es un medio de poder político colosal. Aquí consideramos que la televisión no es un instrumento neutral al servicio de intereses generales, y buscamos, más bien, establecer que el problema es mucho mayor que el del uso del que es objeto la televisión ya que rebasa la comprensión de "los fines de quiénes la dirigen". Estimamos que no hay instrumentos neutros. Detrás de los intereses económicos y detrás de los grupos de la comunicación, los efectos de la televisión no pueden definirse por separado de la existencia de los fines a los que sirve. No obstante, la televisión sí ha sido y sí puede ser objeto de otras finalidades distintas. Al igual que la comunicación, cualquiera de sus instrumentos son parte de los ambientes culturales que producen determinadas relaciones sociales en el juego del poder que no puede ser definido de otra manera que como el juego de la oposición. Siendo poder, la televisión existe también como oposición. La resistencia, generalmente controlada, no eliminada, pero sí neutralizada, es el objetivo último de la comunicación mediada por la televisión y el poder, como oposición, que se resiste a la dominación del poder hegemónico reproducido por este tan ilimitado como indefinido medio de comunicación.
El potencial amorfo de la televisión enfrenta la capacidad de resignificación del espectador como su principal objetivo. Como la emisión de imágenes, sonidos, conductas, intenciones y significados son recibidos inmediatamente por el espectador venciendo su continuo perceptual, esto ha sido interpretado exagerando el poder mediático de los medios. En realidad, esta "apertura perceptual del espectador", no significa que se haya alterado todavía su capacidad de resignificación. Al contrario, por fortuna, sigue siendo impredecible el comportamiento de los dispositivos psíquicos que encauzan las respuestas adaptativas al ambiente, poder que aún desde la subjetividad del telespectador individual se antepone a la objetividad del poder extendido por los medios masivos de comunicación.
El lenguaje, las actitudes y la fisiología humanas transforman en significados lo que reciben de la realidad para actuar sobre ella. Esta interacción, no solamente es copia. Aunque hayamos aprendido a cantar como los pájaros y a tejer imitando a las arañas como sugería Demócrito, la apropiación de lo que percibimos comienza mentalmente, desestructurando o directamente rompiendo, las naturalezas que se encuentran en la naturaleza (1).
Pero hay una asimetría entre la realidad independiente del que la contempla y de lo que percibe, "pequeñas señales" abren distintos niveles de apreciación, resignificando lo percibido, apreciándolo aleatoriamente y haciendo que el espectador no pueda ser completamente inducido a pensamientos y comportamientos porque siendo incontrolable su capacidad total de percepción, su defensa contra el poder (infinitud-indefinida) de la televisión no resulta ser otra más que el propio poder de la resignificación de la mente social-individual que cualquier persona pone en juego mientras vive. Para llegar a esta conclusión, pasamos revista rápidamente al pensamiento crítico de cinco prestigiados comunicadores.
1. Telespectadores, víctimas, cómplices o resignificadores de la información,
Según Karl Popper, así como la televisión "es una tremenda fuerza para el mal, podría ser una tremenda fuerza para el bien"(2). Desde este enfoque del análisis, señala un problema en el contenido de los programas de televisión y otro, debido a la competencia entre cadenas televisivas, su argumento para resolver estos problemas propone normas para controlar el poder ilimitado de la televisión que atenta contra la democracia.
Desde su punto de vista, en la democracia es central elevar el nivel de la educación, acrecentar la educación general, ofreciendo a todos oportunidades cada vez mejores (3), pero porque las cosas se dirigen siempre por la senda que presenta menor resistencia, a los niños, y a la sociedad en general, se les está educando para la violencia (4).
Frente a esto, que él considera un atentado contra la democracia por el poder ilimitado de la televisión, declara que no sólo es muy urgente hacer algo, sino que es "necesario (educar) desde el punto de vista de la democracia (5). Y su respuesta, parte de una definición de la democracia, que como se ve enseguida se dirige a limitar el poder enorme de la televisión estableciendo controles normativos, éticos y sociales, tanto de parte de los productores como de la teleaudiencia: "La democracia consiste en poner bajo control el poder político. Ésta es su característica esencial". "Ahora bien, ha sucedido que la televisión se ha convertido en un poder político colosal, potencialmente, se podría decir, el más importante de todos, como si fuese Dios mismo el que hablara. Y así será si seguimos permitiendo el abuso". "Una democracia no puede existir si no se somete a control la televisión, o más precisamente, no puede existir por largo tiempo en tanto el poder de la televisión no se haya descubierto plenamente.(6)"
Por lo que se refiere a los productores, propone que hay que enseñar a los que quieran producir televisión a participar en la educación de masas. "De esto se deberán dar cuenta, quiéranlo o no, todos los que participan en hacer televisión: actúan como educadores, dado que la televisión presenta sus imágenes tanto ante los niños y jóvenes como ante los adultos. Quien realice televisión debe saber tomar parte en la educación de unos y de otros" (7).
En cuanto a los espectadores que considera "víctimas de la televisión", les reconoce cierto nivel de aprendizaje y de inteligencia necesarios para "distinguir entre lo que se les ofrece como realidad y lo que se les presenta como ficción", aunque advierte que un problema muy grave es que ni los espectadores ni los encargados de la televisión "se dan cuenta de lo que están haciendo" (8).
Frente a la baja calidad técnica y a los contenidos distorsionantes, propone que quien realice televisión deberá saber bien cuáles son las cosas que han de evitar y cómo impedir que su actividad tenga consecuencias antieducativas (9). De esta manera, haciendo valer criterios de ética y control social ejercido a través de represalias por el mal uso de una patente, será posible, a su juicio, crear situaciones en que el productor esté sometido, de hecho, al control de la gente que trabaja bajo sus órdenes.
2. Los contenidos, al servicio de la verdad, la solidaridad y la paz.
Según Karol Wojtyla, "es innegable el valor de los mass media. Bien utilizados, pueden ofrecer un servicio inestimable a la cultura, a la libertad y a la solidaridad" (10), aunque reconoce que los mensajes que da a conocer son diversos y contradictorios e influyen de manera positiva o negativa sobre las personas y las familias, en la costumbre y en la vida de la gente y pregunta si "¿puede concebirse que un campo tan delicado permanezca desprovisto de reglas y de equilibradas orientaciones éticas y morales?"(11).
Coincidiendo con Popper en el sentido de iniciar el control de la televisión por la vía normativa, precisa que la sociedad y la familia merecen ser defendidas con medidas apropiadas por las instituciones (12).
Destaca especialmente que "en las últimas décadas, la televisión ha revolucionado las comunicaciones influyendo profundamente en la vida familiar" y no escapa a su examen que "la televisión, en efecto, modela actitudes, opiniones y, con ello, prototipos de comportamiento. Así como puede enriquecer, estima que puede perjudicar la vida familiar (13). Hace notar que los padres saben que los buenos programas de televisión han de estar integrados a otras fuentes de entretenimiento, educación y cultura y no sólo depender de la televisión, abdicando a su papel de principales educadores de sus propios hijos.
Reivindica la interacción de los miembros de la familia, por medio de la conversación, las actividades en común y la oración (que de muchas maneras cumplía funciones que ahora le han sido arrebatadas por la televisión).
3. Una fuerza cultural para abolir la violencia. Dosis de verdad y medidas de falsedad.
Según el punto de vista de John Condry, la televisión es un medio publicitario, entretiene e informa. "Sin embargo, como instrumento de socialización, es pobre; (por lo que) es necesario entender este hecho y comenzar a actuar" (14). Su apreciación en el sentido de que la televisión es, , le sirve como punto de partida para proponer, especialmente para los niños, que se necesita más experiencia y menos televisión.
Explica que hoy en día muchos niños tienen problemas personales y que uno de los motivos se encuentra en la cantidad excesiva de tiempo que destinan a ver la televisión, siendo despojados de "horas preciosas, esenciales para aprender algo sobre el mundo y sobre el lugar que cada cual ocupa en él". Defendiendo la formación de los niños explica que "a cambio de la pequeña dosis de verdad que la televisión comunica, transmite mucho de falso y distorsionado, tanto en materia de valores como de hechos reales" (15).
Sus efectos no son iguales, dependen tanto del contenido de los programas como del tiempo que se pase delante del televisor: "El contenido espectacular de los programas televisivos es extraordinariamente violento, si se compara con la vida cotidiana que pretende describir. ... Los niños reaccionan a lo que ven comportándose de manera más violenta, mostrándose insensibles a la violencia, adquiriendo creencias y valores que les señalan que el mundo es un lugar "malvado y peligroso" en el que se deberán esperar actos violentos, dignos de ser admirados" (16).
La influencia de la televisión sobre las acciones, los valores y las creencias de sus espectadores, según este autor, puede ser "paliada por el conocimiento del espectador y de su ambiente social (17), esfuerzo que resulta determinante dado que "la televisión no está destinada a desaparecer ni tampoco es muy probable que cambie hasta el punto de volverse un medio razonablemente aceptable para la socialización de los niños" (18). Apreciando de esta manera el potencial de la televisión para crear apariencias y verdades, irá coincidiendo con los dos autores anteriores.
Si bien es cierto que coincide con las propuestas de Popper y Wojtyla, Condroy da mayor énfasis al cambio de los contenidos proyectados para niños. Afirma que "Podemos modificar los contenidos, mejorar la calidad de los programas a disposición de los niños, pero la exigencia más importante es inducir a los niños, a utilizar la televisión como fuente de información sobre el mundo" (19). Hace énfasis en que la televisión no sustituye la educación de los padres y la escuela, sino que debería orientarse adecuadamente para complementar los valores y enseñanzas de unos y otras.
4. Una censura invisible que pone en peligro la vida política y la democracia.
Medios de democracia directa y no de opresión simbólica, Pierre Bordieu coincide con esta última apreciación en algunos sentidos, y precisa que la televisión "pone en muy serio peligro las diferentes esferas de la producción cultural: arte, literatura, ciencia, filosofía, derecho" y añade: "creo incluso, al contrario de los que piensan y los que dicen, sin duda con la mayor buena fe, los periodistas más conscientes de sus responsabilidades, que pone en un peligro no menor la vida política y la democracia" (20). Bordieu, desmonta lo que identifica como mecanismos más formidables de la televisión: la censura invisible, la competencia y el sometimiento demagógico a los requisitos del plebiscito comercial.
La novedad, la exclusiva que ostenta la televisión como prioridad de su quehacer informativo, igual que en otros medios de comunicación, es en realidad banalidad, homogeneidad y poca información. Pero eso sí, suministra eficientemente "pasiones primarias" que han llevado a este importante autor a explicar su análisis de la televisión en los siguientes términos: "... lo que hago se inscribe en la prolongación y el complemento, del combate constante de todos los profesionales de la imagen comprometidos en la lucha por <> y, en particular, de la reflexión crítica de las imágenes" (21).
Interrogarse no solo políticamente sino sociológicamente sobre imágenes y sonidos y sus relaciones, a su juicio no ha de interpretarse como ataque contra los periodistas y la televisión o como un rechazo de lo que la televisión puede aportar22, sino más bien como una manera de "contribuir a dotar de medios o de armas a todos aquellos que, dentro de las profesiones relacionadas con la imagen, luchan para que lo que hubiera podido convertirse en un extraordinario instrumento de democracia directa no acabe siéndolo de opresión simbólica" (23). Con estos señalamientos abre la opción a usos con finalidades muy distintas de lo que parecería ser una herramienta tan buena o tan perniciosa como lo fueran las intenciones a las que sirve.
Según Bordieu, lo importante es trabajar sobre los "mecanismos anónimos, invisibles, a través de los cuales se ejercen las censuras de todo orden que hacen que la televisión sea un colosal instrumento del mantenimiento del orden simbólico" (25). Llama la atención que cosas con inanidad y que son muy evidentes, se empleen para ocultar cosas valiosas. Para entender el potencial de la televisión que "puede ocultar, mostrando" , como explica este autor, se necesitan categorías de gran complejidad, verdaderas "estructuras invisibles" que "organizan lo percibido y determinan lo que se ve y lo que no se ve" de acuerdo con nuestra educación y nuestra historia (26), haciendo posible entender todo lo percibido. Paradójicamente para la televisión también son necesarias imágenes y palabras extraordinarias (27), "porque esas palabras hacen cosas, crean fantasmagorías, temores, fobias o sencillamente representan acciones equivocadas (28)" y pueden llegar a causar verdaderos desastres. No obstante esta búsqueda de la exclusividad, "que, en otros campos produce originalidad y singularidad, desemboca en éste en la uniformización y la banalización"(29):
"Los peligros políticos inherentes a la utilización cotidiana de la televisión resultan de que la imagen posee la particularidad de producir lo que los críticos literarios llaman el EFECTO DE REALIDAD, que puede mostrar y hacer creer en lo que muestra. Ese poder de evocación es capaz de provocar fenómenos de movilización social. Puede dar vida a ideas, representaciones, así como a grupos. Los sucesos, los incidentes o los accidentes cotidianos pueden estar preñados de implicaciones políticas, éticas, etcétera, susceptibles de despertar sentimientos intensos, a menudo negativos, como el racismo, la xenofobia, el temor - odio al extranjero, y la simple información, el hecho de informar, to record, implica siempre una elaboración social de la realidad capaz de provocar la movilización (o la desmovilización) social" (27).
Tales efectos de realidad y efectos en la realidad, pueden producir "unos efectos no deseados por nadie que, en algunos casos, pueden resultar catastróficos" (30). Así, un instrumento que pretende ser un dispositivo que refleja la realidad, termina siendo un aparato "que crea una realidad. Vamos cada vez más hacia universos en que el mundo social está descrito - prescrito por la televisión. La televisión se convierte en el árbitro del acceso a la existencia social y política.". Y, de esta manera, lo que parecería herramienta neutra, indiferente de los destinos de sus mensajes, aparece en la verdadera dimensión de sus efectos y potenciales.
5. Reacciones sincrónicas: verdad y apariencia,
Para observar los efectos de la televisión en la propia conducta, es conveniente notar que la verdad y la apariencia de los mensajes de la televisión, pueden adquirir varios sentidos a partir de mismos efectos reproductores de la alineación. La televisión nos pone en una situación que ni en las escalas de la cercanía y la lejanía, ni de lo interno y externo, estaban prefiguradas por la naturaleza. Además, el efecto social y político característico de la televisión, la acción casi inmediata y directa que puede provocar entre grupos sociales separados, modifica la percepción tradicional del espacio antropológico al aproximar la interactividad gracias a las cámaras.
De ahí que como explica Gerardo Bueno (31), se deriven de la televisión capacidades para alterar los ritmos de la acción política y para controlar los movimientos de masas, "porque la televisión no sólo permite contemplar o ser informado de los acontecimientos, sino que permite hacer que determinados grupos sociales puedan estar reaccionando sincrónicamente con otros grupos de una manera tal que antes de la televisión era inconcebible" (32). Por eso, la televisión plantea situaciones en las cuales el funcionamiento de las ideas de verdad y de apariencia arrojan valores característicos y paradójicos. Así como se puede atestiguar una realidad, ésta puede igualmente ser falsificada engañando la percepción. De hecho, la expresión de lo real no puede ser idéntico a lo real. Ocultamiento o encubrimiento de la realidad "a través de un vacío des-apariencia, más que como ocultación de la realidad por otras realidades" hace de las apariencias algo equivalente a lo que constituye la percepción ordinaria (33). Lo crítico del fenómeno está en la distorsión, esencial, de las proporciones de "nuestra conducta ordinaria y nos obliga a vernos a los hombres como si estuviéramos integrados a un espacio antropológico ideal abstracto muy diferente del espacio práctico ordinario de la época pretelevisiva..." (34). Ello es así, porque la verdad "no reside en la adecuación de cada apariencia con algún fragmento de la realidad, sino en el entretenimiento de las apariencias, en la identidad del todo resultante de ellas"(35).
De ahí que solo podría hablarse de la capacidad de la televisión para conformar algunas verdades "sólo en la medida en la que los espectadores dispongan de instrumentos pertinentes para poder recomponer (reinterpretar las apariencias que ofrecen las telepantallas con otros componentes determinados por el mundo real)" (36). Porque "la televisión distorsiona o descoloca la estructuración efectiva de los cuerpos y de las sociedades situadas en el <> o en el <>, la televisión obliga a una recomposición global del mundo a partir de los mismos <> o <> que ella puede ofrecernos" (37). Desde esta perspectiva, el poder de la televisión, estaría dado en función no de sus efectos ni de las intenciones de control a las que sirve, sino de la conciencia, la crítica y la actuación responsable de las diversas partes que relaciona, presentando lo ético como factor decisivo. En suma, por lo mostrado anteriormente, puede decirse que el potencial de la televisión está sujeto por una gran variedad de poderes de control ejercidos directamente por las cadenas de televisión, e indirectamente por sus operarios; pero que fundamentalmente, dicho potencial está determinando por los valores de la cultura predominante, mismos que se refuncionaliza constantemente. Es decir, el poder del control que se ejerce a través de la televisión, se adapta a los comportamientos de su audiencia. Es evidente que en ésta reside el verdadero poder. En este sentido, "la audiencia seguirá dirigiendo, en gran medida, y aunque sea ciegamente, la orientación de la televisión del futuro" (38).
Que el poder de la televisión esté en su audiencia es indudable, lo que no resulta tan evidente es si la audiencia se da cuenta de eso y si lo ejerce. Esta conclusión nos remite directamente al problema de la conciencia social, de la actuación proactiva y responsable de los diversos actores sociales, y, fundamentalmente al problema de la desalienación. Por qué, finalmente, los consumidores y, en nuestro caso, la teleaudiencias no ejercen su poder sino desarticuladamente, porque los dispositivos de control social no regulan las acciones de los productores de imágenes y mensajes que son televisados, acrecentando así sus facultades irrestrictas, y porque las audiencias no tienen conciencia de que son actores colectivos; por eso, aislados y desconocidos entre sí y con respecto a ellos mismos, los receptores no ponen en juego el poder de su resistencia para orientar los contenidos y mensajes hacia algo constructivo. Hace falta actuar en ambas direcciones, responsabilizando y normando la producción de la televisión, como desenajenando las audiencias y reivindicando su conciencia social para edificar otras actitudes culturales que reorienten la comunicación hacia finalidades no destructoras, sino edificantes de la vida social.
NOTAS:
(1) Gerado Bueno, Televisión: apariencia y verdad, Barcelona, 2002, p. 197.Y añade: "Podría, pero es bastante improbable que esto suceda. La razón es que la tarea de volverse una fuerza cultural para el bien es terriblemente difícil."
(2) Karl R. Popper, "Una patente para producir televisión", en Karl Popper y John Condry, La televisión es mala maestra, México, Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 42.
(3) Ibid., p. 46.
(4) Ibid., p. 47. Señala que la evolución mental de los niños depende de su ambiente y que la educación, igual que toda la comunicación, influye sobre ese ambiente, haciendo posible juzgar, según eso, a la educación como buena o mala.
(5) Ibid., p. 50.
(6) Ibid., p. 54 y 55.
(7) Ibid., p. 52. "En el curso se deberá enseñar cómo los niños reciben las imágenes, cómo absorben lo que la televisión ofrece y cómo trata de adaptarse al ambiente influido por la televisión. Se deberán enseñar los mecanismos mentales a través de los cuales tanto los niños como los adultos no siempre son capaces de distinguir lo que es ficción de lo que es realidad". Y agrega que: "Los procesos mentales que distinguen o sobreponen realidad y ficción deben ser conocidos por los trabajadores de la televisión, porque para muchos de ellos son una novedad.", Ibid., p.53.
(8) Idem.
(9) Ibid., p. 54. "Y la concesión de la patente deberá estar supeditada a un examen, en el cual los candidatos demuestren no sólo el haber aprendido la materia, sino también estar conscientes de su responsabilidad educativa en lo que respecta a la audiencia. Y deberán prometer mantenerse fieles a esta responsabilidad, obrando en consecuencia" (Idem).
(10) Karol Wojtyla, "La potencia de los medios de información" en Karl Popper y John Condry, La televisión es mala maestra, México, FCE, 1996, p. 57.
(11) Idem.
(12) Ibid., p. 63. (13) "Difundiendo valores y modelos de comportamiento falsos y degradantes, transmitiendo pornografía e imágenes brutales de violencia, inculcando el relativismo moral y el escepticismo religioso; difundiendo información distorsionada o manipulada sobre los hechos y los problemas de actualidad, trasmitiendo publicidad utilitaria, sustentada en los más bajos instintos, exaltando falsas visiones de la vida que obstaculizan la proyección del mutuo respeto, de la justicia y de la paz." Ibid., p. 59.
(14) John Condroy, "Ladrona de tiempo, criada infiel", en Karl Popper y John Condry, La televisión es mala maestra, México, FCE, 1996, p. 95.
(15) Ibid., p. 92.
(16) Idem.
(17) Ibid., p. 93.
(18) Ibid., p. 94.
(19) "Los niños tienen necesidad de conocerse a sí mismo tanto cuanto tienen necesidad de conocer el mundo; y esta información se obtiene sólo obrando en el mundo, o sea mediante la interacción real entre seres humanos. Los niños necesitan más experiencia y menos televisión", Ibid., p. 95.
(20) Pierre Bordieu, Sobre la televisión, Barcelona, Anagrama, 1997, p. 7 y 8.
(21) Ibid., p. 10.
(22) Ibid., p. 11 y 12.
(23) Ibid., p. 11.
(24) Ibid., p. 20. "La violencia simbólica es una violencia que se ejerce con la complicidad tácita de quienes la padecen y también, a menudo, de quienes la practican en la medida en que unos y otros no son conscientes de padecerlo o de practicarla. La sociología, al igual que todas las ciencias, tiene como misión descubrir cosas ocultas; al hacerlo, puede contribuir a minimizar la violencia simbólica que se ejerce en las relaciones sociales en general y en las de comunicación mediática en particular." Ibid., 21, 22.
(25) La televisión puede ocultar mostrando: " Lo hace cuando muestra algo distinto de lo que tendría que mostrar si hiciera lo que se supone que se ha de hacer, es decir, informar, y también cuando muestra lo que queda debe, pero de tal forma que pase inadvertido o que parezca insignificante, o lo elabora de tal modo que no corresponde en absoluto con la realidad", Ibid., p. 25.
(26) Idem.
(27) "De hecho el mundo de la imagen está dominado por las palabras. La foto no es nada sin el pie, sin la leyenda que dice qué es lo que hay que leer -leyendum- es decir, a menudo meras leyendas que hacen ver lo que sea .... y las palabras pueden causar estragos;" Idem.
(28) Ibid., p. 26.
(29) Ibid., p. 27.
(30) Ibid., p. 28.
(31) Gerardo Bueno, Op. cit.
(32) Gerardo Bueno, Op. cit., p. 216.
(33) Ibid., p. 217.
(34) Idem.
(35) Ibid., "las apariencias que las telepantallas son capaces de ofrecernos no pueden por sí mismas ser entendidas como verdades. Y no porque las oculten, las tergiversen o las deformen, sino porque las verdades sólo pueden constituirse como tales en el proceso de entretejimiento con otras apariencias apotéticas potenciales o con otros contenidos paratéticos: un entretejimiento que ha de correr a cargo de la <>", p. 219.
(36) Ibid., p. 223. "De otro modo, si la televisión induce a los ciudadanos, antes que nada, al ensueño o al entontecimiento, esto habrá que cargarlo, ante todo, a la cuenta y responsabilidad de la muchedumbre televidente que se deje engañar, y no a la televisión misma. Con la mayor atención hacia los críticos que subrayan los efectos perniciosos de la televisión, sostenemos que la televisión sólo puede entontecer a quienes ya están entontecidos, según los criterios pertinentes de entontecimiento que utilicemos.". Ibid., p. 233.
(37) Ibid., P. 236.
(38) Ibid., p. 333.
BIBLIOGRAFÍA:
Gerado Bueno, Televisión: apariencia y verdad, Barcelona, 2002 Pierre Bordieu, Sobre la televisión, Barcelona, Anagrama, 1997 John Condroy, "Ladrona de tiempo, criada infiel", en Karl Popper y John Condry, La televisión es mala maestra, México, FCE, 1996 Karl R. Popper, "Una patente para producir televisión", en Karl Popper y John Condry, La televisión es mala maestra, México, Fondo de Cultura Económica, 1996 Karol Wojtyla, "La potencia de los medios de información" en Karl Popper y John Condry, La televisión es mala maestra, México, FCE, 1996.







